Dos ensayos poéticos


Los poetas Santiago Sylvester y Leonardo Martínez reflexionan, desde el oficio, sobre las posibilidades del género.


En ese mar primordial, en busca de lo no hollado aún, se sumergen el arte y la filosofía. Pero la intuición resultante de esa busca es elaborada desde cursos distintos.
La poesía, como todo arte, se instala en el tiempo y se hace desde y con el cuerpo, con la huella todavía caliente, con el cuerpo y la conciencia de éste, que se desplazan de un acontecer a otro. En cambio, pienso, el método racional, propio de quehacer filosófico, necesita la distancia y quietud del objeto.
La poesía, en cambio se encarna en el objeto, porque el creador se transfigura en el objeto.
Pero ambas manejan un tiempo propio que difiere del biológico y del cósmico, aunque siempre traten de capturar los reflejos de uno y del otro.
Porque el poema es un artificio, un aparato, diría con mayor propiedad una redoma, que encierra los resultados de un procedimiento alquímico de connotaciones fáusticas, en el que confluyen sensación, percepción, intuición y deseo. La negación del tiempo biológico por apropiación y la generación de otro tiempo, lindero de lo eterno, es la aspiración disimulada, o no, de cada creador.
El poema, matraz que aloja al homúnculo, al animal vivo dormido en las líneas de los versos, despierta cuando alguien abre con la mirada el recipiente. Éste adopta para cada lector una luz, un color de eco recobrado.
El tiempo tiene su habitáculo en la memoria. La memoria, con sus laberintos, es el palacio del tiempo.
Por ese laberinto transitan las eras, los milenios, los siglos, las décadas, los años, meses, días, minutos, segundos, con la carga real del pasado. Podemos entendernos como depósito de la vida, que en nosotros evoca y reúne las edades. Puesto que cumplimos un destino genético evolutivo que aparece en su totalidad en el primer atisbo de energía, en la primera partícula.

Me apropio de esta concepción de Teilhard de Chardin, aunque presienta, como los sabios hindúes, una infinita sucesión y simultaneidad de infinitos big-bang, semejante a la intuición de Giordano Bruno de universos paralelos.




Si bien la circunstancia, tiempo y lugar, es una suerte de prisión del alma, esa misma circunstancia esta dándonos los instrumentos de liberación, aunque más no sea de una precaria atemporalidad.
Esos instrumentos de liberación serían la memoria y la conciencia, reduciendo a ésta, a conciencia de la fugacidad.
Atravesando el laberinto de la memoria y al apresar el destello de lo fugaz, experimentamos el frágil instante de lo permanente de la obra de arte, que escapa del reloj biológico, y de su brújula, en el devenir.
El reloj biológico nos da cuenta de los ciclos y es un don original. Se nos manifiesta como conocimiento y sentimiento de las repeticiones en el ámbito natural. Que a la larga nos conduce a una noción del tiempo humano, cuando cobramos conciencia de la extinción .Y a la busca del Paraíso Perdido, al lugar de lo sagrado a lo sucedido “in illo tempore”, al tiempo fuera del tiempo.
René Menard, sostiene que este “sagrado” del que hablamos, no es el “sagrado” religioso, exterior al hombre, sino lo sagrado que el hombre puede tener en sí y que está en el horizonte de la gran poesía moderna. Baudelaire con su pasión por las correspondencias, Mallarmé con su fe en el lenguaje y Rimbaud con la fe que asignaba al genio, lo apuntalan.
El concepto de René Menard destaca, frente a los ciclos exteriores, el en sí del hombre. Vemos un retorno a la idea antropocéntrica y por lo tanto a un dualismo que la poesía moderna desconoce abiertamente desde el momento en que Rimbaud profiere: Puesto que Yo es otro. Afirmación, a mi entender, de la sacralidad del Todo.
Religioso y profano es una confrontación fuera de lugar. Cada uno de nosotros posee su religiosidad, es decir, su ligadura con lo que le importa, defendiéndolo y, capaz de morir, si es necesario, por lo que le importa.

Si niego la historia, estoy negándome. Si niego mi condición animal, estoy negándome. Sin embargo, de alguna manera intentamos esquivarlas, saltando las barreras de la historia y la biología, forjándonos la ilusión, que quizás no lo sea, de una vuelta al tiempo fuera del tiempo, a lo sagrado, al mito. Que, confieso abiertamente, siento como vertientes de todo arte. Porque, la Eternidad está enamorada de las obras del tiempo, según palabras de William Blake.



 

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