Seriedad, entereza y severidad en el semblante y en las acciones. El Poder se asume moralmente: es el movimiento por el cual el valor se establece sobre una valoración inicial. Hay sobreentendido un lugar en que esos valores asisten por defecto: es la voz que habla insistente al poder en el Poema.
Título o tratamiento que se da a Dios, y también a emperadores y reyes. El Poder se define por su trascendencia y se justifica en su ubicuidad. Está siempre más allá y más acá de donde se lo busca. O, mejor: es el mismo más allá desde el cual llegan el silencio y la palabra en las forma de la Verdad. Pero además es el lugar inaudito de la excepción en tanto su soberanía se asienta en su ubicuidad y su trascendencia. Difícilmente pueda decirse más que esto: hay Poder porque esta la voz arrobada en la insistencia de esa forma de la injuria que es el Poema.
Pero el Poema, que no es una plegaria ni una orden, sino el gesto, el movimiento destructivo de la injuria, arranca lonjas de la voz protocolar con que el Poder se ejecuta. Las tritura, las triza y las devuelve en la forma de la caricatura y la parodia: la pone en vereda al devolverla como lo que su naturalización ha procurado negar: es decir, como la voz de un bufón a servicio. Pero eso no es todo. El titeo, la acentuación castellanesca, el vocativo (“jefe se dice siempre en vocativo” [38]), son tratados como desperdicio a condición de que ese desperdicio no se desperdicie: licuado en las trampas y las tramoyas de la lexicalización que encubren –estaba a punto de escribir “borran”– la escena en que centellea la orgía de una violación. Es cuando la lengua plebeya desperdiga el desperdicio por sobre el cuerpo pulcro y célibe de la Lengua Real.
Vejación carnavalesca que el Poema no anuncia previamente, pero que efectivamente realiza. El Poema de Steimberg se corre de la lógica de la amenaza para reencontrarse con la poética literal: intrigar, conspirar/no dar el golpe. (5) Sin embargo, cabe una corrección: en esa conspiración, no es el Poema el que se cuela sino una plebe de voces sin nombre, ni rango, ni direccionalidad. El Poema es el lugar y la situación en que se produce el encuentro incestuoso de las jerarquías (que no se borran, están presentes, porque así y sólo así producen la transgresión), pero es también el encuentro desgarrado de lo real y lo imaginario.
¿De dónde vienen esas voces que penetran con cruel indiferencia los jirones de voz arrancados al Poder? Del Etcétera. Esa forma que supone todo lo demás pero que presupone ante todo lo Uno a lo que encadena el et. El etcétera (et cetĕra) se emplea como sustituto del resto de una exposición o enumeración que se sobreentiende o que no interesa expresar y cuyo único atributo definido es no ser aquello que ha sido predicado con anterioridad. Supone una excedencia y no una sustancia. El etcétera señala aquí la proliferación indefinida de las formas que no son las formas de la Maiestas pero que la presuponen. Es ese resto que designa una potencia irreductible en lo colectivo: “una canción / apta para el gramófono que se vende en los barrios / que se extienden más allá del mapa, / más allá / de un océano de saliva” [30].
No se trata ya de aquello que en el Poema será interpelado una y otra vez (el Poder). Tampoco la voz misma de la interpelación. Remite, al contrario, a las fuerzas mismas que atraviesan el Poema y permanecen fuera de la interpelación precisamente porque constituyen el umbral infranqueable por la interpelación.
El Poema o, mejor, la obra no nace como resistencia a la violencia invisible del Poder, pero tampoco remite al autor en el origen. Si hay una frase que vuelve con insistencia a lo largo del texto es aquella que reconoce esa distancia: “Hay veces, Majestad, / en que ella no tiene nada que ver conmigo”. No se inscribe en la lógica binaria que el Poder insiste en imponer a la trama de los discursos para los cuales dispone la Ley (Real) y administra la trampa. El Poema es el acontecimiento en el cual se inscribe una potencia [Nietzsche] que es sin duda la Noche insondable [“ese hermoso diamante de vacío”, Mallarmé], el Silencio insoportable de las Sirenas [Kafka], el Afuera [Blanchot]. Esa potencia tiene un nombre: el etcétera. El etcétera, la proliferación de las formas que padecen y a la vez exceden el cuerpo mismo del Poder.
¿Cómo llega esa potencia? A chicotazos, por centelleos. De la potencia al Poema hay ese tránsito inevitable –ni siquiera Orfeo puede soportar la potencia inscrita en el rostro pleno de Eurídice–, esa forma de la promesa que se abre entre el ver y el decir, entre la imagen y la voz, entre el relámpago y el trueno. No es el eco diferido de un proceso; ni se inscribe en ninguna dialéctica. El Poema es ese acontecimiento que en que se materializa una violencia cruda. En él las “fuerzas de la historia” no responden ya a una lógica reconocible. No obedecen ni a un destino ni a una mecánica sino al “azar de la lucha” (6) encriptado en su propio cuerpo textual: una sucesión de procesos de avasallamiento y de formas de resistencia y metamorfosis que tienen lugar en la lengua. De ahí que, como apunta Nietzsche, la forma sea fluida, pero el sentido lo sea aún más. (7)
(5) Literal, “La intriga”, Literal, N° 1, p. 119.
(6) Foucault, M., Nietzsche, la genealogía, la historia. p. 19.
(7) Nietzsche, F., La genealogía de la moral, p. 89.