Máximo Simpson evoca a su amiga, la poeta Hebe Solves.
Las jóvenes escritoras Valeria Tentoni y Marian Lutzky hablan de los poetas Jorge García Sabal y Daniel Muxica
Hebe Solves sigue cantando…
Por Máximo Simpson
Por qué no he de cantar yo
para aliviar el dolor
del hombre que está apresado
sin saber cómo volver
de algún silencio callado
que lo apresó sin querer
H.S., El estilo de la callada
(leer)
En memoria de Jorge García Sabal
Por Valeria Tentoni
“…Sé un sueño solo sin voces ni gritos: tu huésped.”
(leer)
Daniel Muxica, el peronista de Barracas
Por Marian Lutzky
“Aprenderá
que el lenguaje es la última soledad...”
(leer)
Sé que para algunas personas está claro que Hebe Solves ha muerto, y que fue sepultada el 2 de agosto pasado en el cementerio de la Recoleta. Dicen que estuvo muy enferma, y que resistió estoicamente el vandalismo de la leucemia. Dicen que se negó a continuar con la quimioterapia, pues quería morir entera y en paz. También se afirma que en este último tramo de vida se mantuvo siempre admirablemente lúcida, y que mientras estuvo postrada le agradaba que sus hijos y algunos amigos le leyeran en alta voz, a su lado o por teléfono, cuentos y poemas de los autores que amaba y de otros que le gustaba descubrir.
Pero estoy confundido. ¿Cómo es esto de que se ha muerto si continúa cantando? Mi confusión aumenta cuando recuerdo que yo mismo le leí, mientras estaba postrada (en su casa o en el hospital), textos de Cortázar y Neruda, el famoso Romance del Conde Arnaldos (una lección de alta poesía), y también un romance de Antonio Machado que le gustaba especialmente. Todo ello es cierto, y muy verosímil lo que dicen, por lo que mi estupor ha llegado a un grado extremo. Y, si ello es posible, hay otro hecho que aumenta aún más la dificultad: un atardecer, en su casa, Hebe me contó que le habían pedido siete u ocho poemas para publicar en una revista, no sé cuál. Como ella no estaba en condiciones, me pidió que me ocupara de hacer la selección, encargo que acepté con alegría.
Según lo que recuerdo, ésa fue la última vez que la vi con vida, pues a la madrugada siguiente falleció, según testimonios habitualmente confiables. Pero las cosas son aún más complejas. Recuerdo vagamente haber ido al velatorio de Hebe, a la misa de cuerpo presente y a su sepelio. Recuerdo haberla visto, y recuerdo el ambiente, los familiares y amigos. ¿Pero qué es lo que vi? En mi memoria, apenas un doloroso traslado, un notorio cambio de residencia. Y me parece que Hebe sabía muy bien adónde iba. No obstante, a los amigos y cultores de su poesía nos perturba un hondo sentimiento de pérdida. ¿Cambiaron las costumbres de Hebe Solves, tiene ahora otros amigos? Para mí, lo único seguro es que esta amiga y creadora entrañable, esta voz tan peculiar, sigue cantando.
En su poesía, fruto de una mirada muy propia (ironía, humor, acentuado sesgo conceptual), sigue aflorando lo real desde ángulos inesperados y la intemperie del ser enraizada en los entrecijos de la cotidianeidad.
Dejemos que teólogos y sociólogos averigüen dónde está Hebe ahora, qué ha sido de ella, y escuchémosla como siempre, pues Hebe canta para nosotros su poesía experiencial, reflexiva y conmovedora. ![]()
El brillo de Osiris
El amor es lo cierto que no sabe
decirse. Somos niños que atisban
la rendija del cuarto de los padres
y el asombro nos contagia la risa,
la angustia de la muerte y la certeza
del cuerpo desmembrado. Quién olvida
el nudo de los brazos, las caderas,
el sexo poseído donde brilla
la estrella del amor, la buena nueva
que es el nombre del mundo cuando alguien,
con una voz burlona, nos anima
a ser los cuerpos de las marionetas
en el lecho del tiempo. Y la voz vibra
como si fuera nuestra, hasta callarse.
A mis hijos
Inaudible es el nombre que elegimos
para decirnos que agoniza el rumbo
de la mitad que fuimos. Sé que es mucho
el silencio para siempre unido
al hueco de la carne, pero escucho
el velo que sostiene la memoria
en la curva del vientre, donde mora
la casa del que fuera sólo uno.
La cadera sostiene lo que arroja
y si el dolor regresa alguna noche
jugando a ser aún lo no nacido
busco cruzar de nuevo aquel abismo
vagamente cubierto por el nombre
del amor, que nos crea y nos despoja.
Citas
¿Me permite bailar
con ella?, le preguntó un señor
al que bailaba conmigo.
Una transacción entre los dos
me puso en el centro de la escena
No soy yo, soy Ella
la que baila en los brazos
de un desconocido y fue entregada
“como una moneda
que va de mano en mano”.
“-No te des por vencido ni aún vencido”,
suspiró entonces el nuevo, aliviado.
Ella no habla pero yo
reconocí al autor y dije: -Almafuerte.
Así, citando palabras de otros
todos somos almas fuertes.
Nos ampara una fruta divina
Arrancada del árbol delparaíso.
No tenemos a dios,
tenemos la manzana.
A veces la dejamos
en el aparador cerrado
para que alumbre con su olor
las cosas de la casa.
Otras veces la miramos venir
desde el centro del pecho
y baila.
Poética
Si yo tuviera algo que decir quisiera
decirlo con palabras inocentes, comunes.
Tengo miedo, nadie me escucha. El mundo sube
y baja, me hamaco sentada en la vereda,
a la puerta de casa. Hablo en voz alta, grito:
¿Dónde se metieron? ¿Qué hay a mis espaldas?
Desde hoy no vivo más aquí, fui expulsada
de la casa y de mí. El mimbre del sillón
hamaca rechina, quiero hablar pero silbo
como una serpiente. Ahora cambio por ladridos,
cloqueos, trinos, miento y me trago palabras.
Estoy meciendo, mezclando ideas en bata
de dormir, públicamente. Les pido: Vengan.
Y no sé qué decirles que valga la pena.
La cena
Aunque quisiera encender las ramas secas
del amor en el fuego y en el vino,
siguen llegando ocultos enemigos
a comer, está la casa abierta y
la memoria del aire teje el marco
que apuntala el vacío de las puertas.
Acomodo en el mármol las especias
y pico las cebollas y los ajos.
Nadie vendrá a completar la escena
ni a sentarse a la mesa y a mi lado
cebar el mate mientras yo cocino.
Y a fuego lento voy leyendo el diario
mientras olvido el doméstico caos
a la espera de la última cena.
Fuera de casa
No quisiera enfermarme en esta noche
bebiendo vino. Nos estimulamos
con la pasión vacía de las manos
que ata los cuerpos silenciando las voces.
Miel de alcohol sin palabras, no me uses
para endulzar olvido. Jugueteo
con muñecos de pan como si en ellos
modelara las vidas que no tuve
esperando que haya alguna compañía
para volver a casa. Quiero un hombre
que suspenda otra vez la incertidumbre
con que inunda la luz los escalones
del pasillo de entrada y si alguien sube
cerraré los postigos de mi pieza.
La máquina de escribir
Yo estaba loca. No tengo empacho
en decirlo. Sacaba la hamaca
a la vereda, vociferaba
y todos me hacían sch sch, más bajo.
Y entonces me echaron de la casa,
de la calle, del país, del barrio,
del continente, de la historia. La
gente no me conocía, en cambio
conocí el mundo y me regalaron
una máquina en vez de una casa,
de un país, un documento, un río
que no fuera imaginario, un palo
para golpear mi cabeza. Tanta
suerte tuve que escribo y escribo.
La locura sale a la puerta
Hago hilachas de voces a la sombra
de la puerta de calle. Las ideas
son palabras al aire como todas
las palabras que dicen los poetas.
y que no escucha nadie. Son secretas
las maldades, las habladurías
y los reproches, pero hay que decirlas,
repetirlas en voz baja, que sepan
tejer con las mentiras las verdades
y que sigan bailando en la pista.
Los poetas son chismosos. Ahora
déjenme casarme con esta ropa
de mi juventud, otra vez. La risa
abre la puerta que da a la calle.
Jorge García Sabal nació en Balcarce en 1946, y murió en Buenos Aires en 1996. Para ese entonces, yo no conocía el obelisco más que por fotografías. No tuve la suerte, se deduce, de conocerlo. Publicó: “El fuego de las aguas” (1979), Primer Premio Fondo Nacional de las Artes, 1978; “Figura de baile”, (1981); “Mitad de la vida”, (1983), Primer Premio Certamen de Poesía “Miguel Hernández”, 1982; “Lugares propios” (1987); “Tabla rasa” (1991), Premio “La Nación” –con el reconocimiento de un jurado en el que se contaban Octavio Paz, Olga Orozco, Enrique Molina, Jorge Juarroz y Jorge Cruz-, 1990; “Sutura” (1994) y “Antología poética” (1996).
No hubiese leído a García Sabal, si no fuese por la recomendación de otra escritora a quien admiro muchísimo, Liliana Díaz Mindurry. La literatura de esta última me merece tamaño respeto, que por efecto traslativo corrí a buscar la obra del primero ni bien me comentó, en una entrevista, que su poética la había inspirado –en torno a la idea de lo “indecible”-, y que lo consideraba un autor olvidado. Entre Liliana y Jorge puedo encontrar un vínculo –que también incluiría a Juan José Saer, y quizás a otros que desconozca-: aquella intención –lúdica, si, pero para nada ingenua- de mimetizar lo que parece con lo que es. En el poema “Pasante”, encontramos por vector al “Que parezca que…”, así como en Díaz Mindurry encontramos su “Como si fuera real…” –en “Hace Miedo Aquí”–, o en “El Limonero Real” de Saer encontramos que “Amanece, y ya está con los ojos abiertos…”, o la tensión entre la vigilia y la ensoñación. Por supuesto que transcribo enunciaciones suficientes como para ofrecer una evidencia grosera, y no andarme con mareos explicativos que ni yo resolvería, pero estos mecanismos están presentes también de modos solapados y apenas audibles. En García Sabal será, por caso: un recuerdo falso, una luz descompuesta, una madeja de sombras. Podríamos ubicar su poética en un eterno sonambulismo: en el límite exacto entre lo incierto y lo veraz.
Le pedí a Liliana que escriba algunas líneas para esta suerte de recordatorio:
“Poca gente conoce a Jorge García Sabal. Para muchos era el amigo de Alejandra Pizarnik, como si eso tuviera importancia. Hay quien prefiere este tipo de chismes. O que vivía en la calle Ambrosetti y que murió joven, de SIDA.
Nada de eso interesa más que a la trivialidad del ambiente de la poesía. Sólo sé que en su obra está algo por suceder. Algo que no se dice, pero en algún momento estallará en la mente de algún lector. Eso le dije una noche que recuerdo perfectamente. Sonrió con esa sonrisa triste que tenía. O no sonrió. Porque era cierto y sabía que mi cerebro dolía, no con cualquier dolor. ![]()
Es algo extraño, al borde de cualquier lenguaje. Nos crece en el centro de la cabeza, apenas lo empezamos a leer. Cierta cosa torcida, reprimida, silenciada y que cuando sale, ya todo ha cambiado para siempre.”
Caprichosamente, extirpo de uno de sus poemas (“Ecos y sonidos”), un arte poética; “El poema no quiere ajustarse al cuerpo,/ repetirlo, calcar; el poema quiere/ coser y entrelazar, insomne, disonante,/ el mundo. Y yo.”. La inclusión del poeta en primera persona, el garbo con el que se tolera la disonancia, el quiebre, explican, quizás, que el autor reniegue de la amabilidad del mundo, y se interne en una profunda melancolía, un entero desvelo.
En “Figura sola” (que abajo transcribo completo para que a la línea le corresponda su encastre), García Sabal habla de las cosas que “trató la voz”. La voz, en este autor, no dice, apenas. Trata. O maltrata. Pero no es tan ingenua, entonces, la voz. No es apenas enunciación y lejanía. La descubre proterva, intencionada. Toda la potencia de García Sabal se devela en ese artilugio compuesto.
Los objetos y los lugares son una excusa para la apariencia, que supone siempre una presencia –aunque denuncie la posibilidad de su incorrección-: la de la terribilidad o la extrañeza. Detrás de una musicalidad (o fonética engarzada) suave, García Sabal camufla una balumba de “espejos rotos, quejas del mundo”, que se arrebolan y se incendian en su persistencia, casi tozuda, de decirse a sí mismas.
“Nada acostumbrado, cómodo ni fácil/ pobló este corazón…”, nos dice. La traducción integral de ello, será, entonces, su obra toda. Reencontrarse con García Sabal, hasta para mí, que no lo encontré en vida, supone una búsqueda de lugares seguros. Leerlo es como correr, incesante e incansablemente, debajo de la lluvia sin encontrar un hueco cubierto. Como adentrarse en el desamparo, por selva.
“Ahora amanece, es el día para siempre.
Me hamaco. Estoy solo. Hice bien, todo bien.”
Pasante*
Que parezca que se ha plantado. Que parezca
que hay árboles en el jardín y flores y también
mala hierba. Que parezca que se plantó y creció
un árbol y flores, hierba. Que parezca, siempre,
porque es verdad, que hicimos lo necesario para
alcanzar, ahora, a esta hora, lo que somos:
un desvío, algún remordimiento.
* De Tabla Rasa, Ediciones del Dock, Colección Pez Náufrago, Buenos Aires, 2001.
Figura sola*
Hay un silencio amargo y una voz
suya, desterrada, que cae y suena
como lluvia de cal.
Hay un hueso que parece un ojo, que
parece un aguaviva, que parece
el susurro de una lengua extranjera.
Hay, cuando huye el día, fechas y
lugares y personas: lo que tocó el cuerpo
y vivió la mirada y trató la voz. Hay
eso que se abandona: cartas, teléfonos,
direcciones, amigos de amigos:
una agenda completa sin tocar.
Y en la oscuridad, ya sin sitio, se puede
mirar nada más un horizonte puesto
en manos extrañas, tal vez nuevo,
pero donde no hay todavía cosas: nada
para tocar.
Ámbito**
En círculos las lámparas, dando esa luz
que en exacta concordancia revela
el placer o el gusto, de colocar allí
un objeto, otro aquí, y más allá los cuadros
-horizonte privado de las paredes-
que hablarían de un acuerdo estable,
una afinidad singular, irreductible.
A primera vista dirán que nuestras ficciones,
su deseo, compondrán después de nosotros
un acabado artificio, un dibujo más
para la anécdota, el olvido; sin embargo,
desprendidos de la finísima trama
diremos que la vida fue esto: una luz mezquina,
un recuento de huesos.
** De Mitad de la vida, Ediciones del Dock, Colección Pez Náufrago, Buenos Aires, 2001.
Carta**
Nada está perdido. No tienes más
que volver a hacer el viaje.
Rimbaud (Carta a Verlaine)
Quién cometió esos pecados.
El mar es incierto
Y los barcos que en él navegan
Alcanzan pobres puertos
Tristes
Momentáneos
Y no hay mayor engaño que partir
O volver
Como si algo estuviera acabado
Por empezar
Sin la memoria
Sin el vaivén oscuro de la memoria.
Hay que estar quieto
Cuando todo ha sido un error
Entre palabras
Que debían ser ojos
Entre manos que olvidaban su deber
Aquel boliche de la esquina del Sindicato de Farmacia será, en el futuro, muy disímil del actual. Allí conocí a Daniel, el peronista de Barracas que invitó siempre el almuerzo, son su vino y su puro infaltable. Nació en Valentín Alsina y recuerdo que hablamos mucho del barrio porque de chica yo paseaba en pony por su plaza y cruzaba el puente del riachuelo jugando a taparme la nariz y la boca para evitar el hedor. Compartimos un lugar sin tiempo. Como Sigfrido, Aquiles, Baldes, un héroe ha muerto joven. No llegó a ver su novela publicada por Mondadori “Las maravillas del doctor Tulp” ni su libro de poesía por “Bajo la luna”. Murió antes, en su casa de Barracas, con la mujer que amaba a su lado. “…La imagen continuará su vértigo/ y esa sensación que ha visto desbaratarse/ es esa sensación de la que se abstiene/ en el preciso instante que llega/ ella/ y pide desvistiéndose la no muerte.”
En aquel boliche nos contó –a mí y a Ximena Venturini- que empezó a escribir porque en un examen de tercer año le tocó dar la bolilla 10: Arte poética.
“Entonces aparecieron palabras extrañas de relacionar con lo cotidiano y de vaga definición para un adolescente que no tenía contacto alguno con la literatura: hiato, sinalefa, hemistiquio, décimas, soneto, alejandrinos, etc. No entendía nada, así que me propuse construir un soneto siguiendo todas las reglas pedidas, para mi sosiego y para desgracia de la literatura, lo logré. Era pésimo, pero cumplía con la preceptiva. Lo más fuerte que sentí es que podía. El poder es algo tan extraño, mueve cosas tan claras y tan oscuras; en mi caso no sólo despertó mi ego, sino por sobre todas las cosas, mi curiosidad”.
Daniel, el poeta, es un observador, un ojo que apela al mundo de las imágenes, un investigador. En su libro “La conversación” se encuentran dos voces hablando de la imagen –la muerte, el deseo, la soledad, el miedo–, es una reflexión dialógica y metafísica acerca de la vida, de su propia existencia. ![]()
Hay una imagen que va, como un tiempo inexistente que rodea y Muxica lo percibe, duda, conversa con esa imagen que podría ser la muerte -o la vida- y finaliza en su morada, que es la palabra. Es un pensar exhaustivo y desolador, un poema pensando, que no acaba ni cuando acaba. Él decía que hasta en lo explícito se esconde un secreto indescifrable. Lo releí para escribir esta breve nota y la sensación sofocante ante su propia muerte me tuvo inmóvil, sin querer terminar, sin querer acercarme al fin de la conversación: “EN EL FINAL FINAL/ querrá hablar/ aprenderá/ que el lenguaje es la última soledad/ tomará el teléfono para llamar a nadie/ (…) y no hay sótano más oscuro/más húmedo/más minucioso/más ninguna parte/ que lo que cada uno dijo.”
En la poesía de Daniel resulta imprescindible rememorar los sentidos, es un receptor de luz, de experiencias conscientes y elaboradas como un artesano que hace de su material una obra. O un músico que estudia las notas, minuciosamente, para crear la Sonata: estudia, escucha, imagina, crea y escribe. En “Bailarina Privada”, hay un baile, una melodía que resuena contra el oído del lector a través del ritmo y su significado, trasciende la seducción del cuerpo. Uno se siente envuelto, como a tantos hombres les pasa con una mujer. En su juventud, Muxica fue un cantante “semiprofesional”, tenía el oficio de conquistar muchachas, y de tomar gratis en algún lugar. En su casa se juntaban personalidades del folclore, y era feliz allí, entre músicos. Muxica sonreía siempre, aunque en lo íntimo de su escritura haya estado dialogando con la muerte, tal vez como Novalis “en torno a un ejército en combate flota una grandiosa poesía”, que le hace honor.
Conocí a un Daniel poeta, narrador, sensible. Un Daniel hombre, amigo, un verdadero personaje anónimo en una ciudad hostil. Una persona que quiso ser, y no vanagloriarse de su talento. Aún sigue la conversación a través de su obra, y por sobre todas las cosas, su memoria. “Será la imagen de un hombre que no sigue/ y sin embargo señala desde a lo lejos/ cosas de su interés.”
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¿hay un secreto para el hablante?
recurrirá usted al eco del paladar
y suspenderá la respiración
para generar una idea literaria del buen morir
en literatura se llama morir a lo suspendido
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¿escribirá un poema?
{si escribe bien engañará a los demás,
Si escribe mal se engañará a sí mismo}
aprenderá que es soberbia
agregar adjetivo alguno a la muerte
/
será un rinoceronte quieto
mimetizándose en el tronco de un árbol
la copa lo protege de la lluvia
¿se proteje del cazador?
{La imagen, por esencia
sólo podrá proporcionar al pensamiento
una colaboración dudosa}
todo aparentará protección
sin embargo la tranquilidad será relativa
/
EN EL FINAL FINAL
querrá hablar
aprenderá
que el lenguaje es la última soledad
tomará el teléfono para llamar a nadie
//
estará de duelo
añorando una mañana x
mientras la imaginación ataca su naturaleza
y dirige violentos reproches al ausente
aerá usted su propio guetto
y no hay sótano más oscuro
más húmedo
más minucioso
más ninguna parte
que lo que cada uno dijo
*La conversación poemas) Editorial La bohemia, 2005